2. Suministros ®

 

Cansado del porno rancio, la hipersexualidad, los empalmes televisivos, las noticias sobre pederastia fundamentadas posteriormente por populares programas de talentos infantiles, pantalones cortos insinuando unas nalgas firmes y jóvenes, coquetería seductora inocentemente lasciva y sexual. Las comidas de los grandes almacenes, los estantes repletos de artículos, primera y segunda necesidad, la zona de congelados, pasillo cuarto a la derecha; ensaladas de benzoato de sodio, junto al tumor intestinal.
La carne de todo tipo de animal en largos pasillos de hasta tres kilómetros de largo para los cuales necesitas alquilar un vehículo de tres marchas, el paseo es apasionante, largas vitrinas de incontables metros de altura repletas de animales expresamente asesinados para el consumo; pato, cerdo, gansos, serpientes, lagartijas, fetos humanos, cucarachas..todo está allí.
Un viejo de ojos marinos me pregunta babeante mientras sujeta un largo sonotone “perdona, perdona, joven dependiente, ¿dónde puedo encontrar mi glutamato monosódico en botellas de dos litros?.” “disculpe pero yo no trabajo aquí” contesto evasivo ante su parálisis enfisémica que le deja pasmado en el mismo lugar durante varias horas rompiendo su rocosidad mimética unicamente para gritar cada cierto tiempo que echa de menos a sus nietos. Todos echamos a alguien de menos, a mi me ocurre a veces conmigo mismo.
Hay carros llenos hasta los topes con bolsas de todos los tamaños y colores, todas atractivas y repletas de pseudo nutrientes de laboratorio listas para aguantar milenios sin caducar, mi carrito solo lleva un par de latas de sardinas, papel higiénico, jabón, velas y cerillos de palo largo (lo necesario para sobrevivir en mi viaje espacial). Semáforo.
Una estampida de carritos y compradores enfervorizados cruzan de izquierda a derecha en los diez segundos que dura su semáforo en verde “puede pasar”, espero, espero, espero, de nuevo en verde para los conductores de este carríl.
El silbido oxidado de las ruedas presiden el pasillo principal, a mi lado una madura cuarentona camina empujando su máquina al mismo pié sincopado que el mío, encima de la cesta metálica está su niñita, doce años, mallas con flores estampadas, camiseta de sport apretada marcando sus virginales pero ya apreciables senos, mordiendo suavemente una zanahoria transgénica y lanzándome guiños, le respondo convenientemente en su idioma de pestañas que suben y bajan, su madre observa todo el numerito con nerviosismo impotente y frena su carro, dejándose atropellar por la carrera de vehículos y perdiéndose en la sección de perfumería.
Una reacción inquietante la de esa mujer, un flash me abarca el lóbulo bajo de las pelotas y me recuerda la histeria colectiva creada por el pederasta de Maldevrías, nuevo enemigo público de Espuajña publicitado y llevado a la fama gracias a los noticiarios televisivos que lo han tachado de monstruo y enemigo de la nación, nadie se fija en los nuevos casos de corrupción desvelados estos días, el verdadero peligro social es El Pederasta de Maldevrías y no Jordi Pujol.
Padres y madres de cada pueblo y región del país que antes abandonaban e ignoraban las necesidades sentimentales de los pequeños parecen estar ahora más preocupados que nunca por la integridad de sus niños y niñas, muestra de que este ejercicio de amor como padres se ha convertido en una moda que acabará en el momento en que capturen al terrible criminal desvirgador de orificios, el “famoso” pederasta como lo llama Piqueras en las noticias referidas a él.

“Famoso”

“El show acabó señoras y señores, nunca han necesitado carnet de paternidad así que sigan maleducando a sus hijos mientras nosotros les educamos a ustedes. Abrid bien las fosas nasales, esnifad la vida que aquí os ofrecemos, la violencia de género es ley de vida, el ozono se resquebraja pero no hay salvación, no traten de cambiar nada, no cambiará hasta que nosotros lo deseemos”

El mundo sería un paraíso perfecto si en lugar de promover la violencia, la desigualdad, el miedo al extraño, la burla a la cultura ajena y la nuestra propia la televisión decidiera promocionar hasta la saciedad la ayuda al prójimo y la solidaridad, al menos el lavado de cerebro tendría una finalidad positiva y no simple desconexión y reconexión neuronal para enbrutecer a la especie. Semáforo en rojo.
Unas marujas a mi lado hablan sobre el aborto de Chavelita ( Me avergüenzo de mi mismo, ¿cómo me puede si quiera sonar el nombre de esa zorra inútil?)
– Jorge Javier la golpeó con una larga estaca de madera en su enorme barriga de embarazada.- dice una de las viejas
– ¿no me digas?
– Empezó a empujar allí mismo, en directo, gritando tumbada sobre un charco de sangre y cuajos.
– ¡fascinante!
– La pobre dio a luz en los sofás de plató, el bebé solo tenía cinco meses y no estaba del todo formado, así que uno de los redactores le alcanzó un cubo de basura a jorge javier para que se deshiciera del crío, ¡y qué feo era, nena, horrible, igualito a la madre!
– ¡Qué me estas contando!
– Lo que oyes nena, fue el mejor día de mi vida.

VerdeVerdeVerdeVerde deseo con todas las fuerzas de mi cuerpo depresivo y hostil que el maldito semáforo se torne en verde…¡Premio!

Me dirijo raudo como una centella metanfetamínica hasta la sección de helados abriendo todos las refrigeradoras de compresión fría en busca de mi helado favorito; frambuesa. Varias tarrinas yacen al fondo camufladas por la bruma de los menos cero grados centígrados, alargo las dos manos que se rasgan por el hielo ardiente y agarro cuantas tarrinas de helado puedo alcanzar, suspiro aliviado al devolver mis dedos a su temperatura típica ambiental de 47 grados.
Aquí en esta etiqueta reza; “helado de frambuesa 166 euros” (los cuales no tengo), coloco los tarros de plástico glaciar sobre la tapa cerrada del congelador y los destapo uno a uno, emergiendo de ellos fluidos nebulosos de alginatos morados los cuales soplo y desaparecen de inmediato. Observo a la izquierda, a la derecha, y aprovechando que ningún guarda de seguridad se encuentra acechando doy profundas paladas con la mano en forma de cuchara, llevándome las bolas irregulares de helado hasta los bolsillos de mi pantalón, una palada, dos, una tercera hasta que el bolsillo colapsado de pobreza y pelusas rezuma frescor de frutas del bosque, me vuelvo a enganchar de mi carro y arranco dirección cabina de sustracción y pago.
Una cola incontable de quadrapís al cubo ocupa desde la caja registradora hasta varios kilómetros fuera de los grandes almacenes, después de sexapís minutos caminando con la compra y helado en los bolsillos ocupo mi lugar en la cola junto a una fábrica de colchones a las afueras de Ciudad Cloaca.
Llevo horas sin tomar mi medicación, guardar las composturas y un mínimo de autocontrol emocional depende de la rapidez con la que reciba mi próxima dosis, soy una persona precavida (o un adicto en desintoxicación) que pretende engañar a cuantos se le crucen por delante con falsas justificaciones entre paréntesis, querido interlocutor, estoy aquí para contar mi historia, no para que usted la malinterprete con sus dogmas y tabúes sociales, cappicci?
Saco una de las pipetas opacas y rompo la punta de cristal, arrimo el orificio cortante hasta las fosas nasales dando largos sorbos sulfatados que erizan el vello de la nuca y derriten las cuencas oculares, podría mearme del gusto pero mantengo la crema de frambuesas fría.
Hay una chica que mira el reguero morado que me resbala por los pantalones trepando su mirada incrédula desde el suelo a mis tobillos, las piernas, las rodillas y finalmente mi pija, hace el mismo recorrido una y otra vez hasta que me mira a la cara y le correspondo con un gentil y lascivo guiño de ojo, la chica vuelve la mirada al frente completamente ruborizada.
– Si no quieres helado, ¿para qué miras?
Su silencio lo dice todo.
A veces me gustaría ser menos visceral y extraño para el ojo humano pero qué puedo hacer al respecto, no hago nada de esto aposta señor juez, se lo juro por los hijos raritos e invertebrados que tendré en el futuro, una estirpe de escarabajos picudos rojos criada a petición de nadie y por la que daré cada uno de mis salarios, cada minuto de mi tiempo libre, cada pipeta de sulfato de anfetamina para que nuestra sangre indeseable se manifieste perenne al paso del tiempo, sobreviviendo, metamorfoseando, reproduciéndose a escondidas donde nadie pueda molestarnos, muriendo y naciendo de nuevo. Soy culpable, siempre lo seré, así que ya puede ir encerrándome en una celda envenenando mi sistema nervioso para que mi exoesqueleto se pudra. Te lo exijo juez hijo de puta, de lo contrario arráncame la cabeza aquí ahora mismo, aunque le advierto de que la plaga es imparable y no existen suficientes guillotinas en este minúsculo planeta absurdo ni beauveria bassiana que consiga frenar lo que se os viene encima.
Enterrar la bomba en el váter de caballeros del congreso y esperar a que alguien se siente a cagar para detonarla.
Volcar un sobre de matarratas en una cena de empresa de Endesa.
Robar de una sala de maternidad al primogénito de los Aznar y tirarlo en un contenedor a las puertas del hospital.
Sonrío estúpidamente y todos los bichos y animales del mundo lo hacen conmigo.

Para cuando quiero acordar ya estoy en la caja colocando mis artículos en la cinta negra pegajosa, Gabriela (según pone en su etiqueta colgada con imperdible sobre el uniforme) va pasando mis artículos mientras yo los guardo cuidadosamente en un bolsa de plástico que ella misma me facilita.
– Pagaré en metálico
– ¿Sabe que ahora puede pagar con sangre?
– ¿Con sangre, qué quiere decir?
– Si quiere puede pagar con sangre, o algún órgano, si lo desea pase a quirófano.
– En metálico, en metálico, hágame el favor
Me cobra los 4,95 con una cara agria que se transforma en mofeta lentamente ante la pasividad de todos, debe de ser a causa del estrés de trabajar 39 horas al día o quizá por alguna grave enfermedad cutánea que transforma a las dependientas en mofetas cada vez que un cliente no les sigue el rollo que las han enseñado a repetir como urracas descerebradas..promoción de empresa o marketing lo llaman.
Sea como sea estoy sin blanca, pero preparado de suministros y fuerza mental para afrontar mi viaje a través de las mareas espaciales lejos del planeta tierra.

@SerieBaaah S.b.

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1. El Huésped.

El césped esta recién cortado en los amplios parques de la habichuela y los difusores despejan su cara turbia e inconsciente repleta de manchas color negro droga. Una de sus zapatillas fue a parar a un micropí de su cuerpo desollado y roto y gira alegremente colgada de uno de los aspersores de agua que da vueltas en trompo empapando cada centímetro de tela roja, su baile hipnótico mantiene fija la mirada de Zeus.

Los gramos de heroína de nueve largos días sin parón han conseguido al fin amedrentar su espíritu que se mantiene inmóvil tumbado bajo la lluvia calcificada. Los cipreses ondean la bandera blanca pidiendo tregua, Zeus la acepta, levantándose finalmente del suelo con los brazos extendidos al cielo y resoplando como un tifón asiático, la Luna se aleja y contrae con cada exhalación de sus pulmones y aumenta de tamaño cuando éstos vuelven a inhalar oxígeno, un vaivén desfallecido y onírico que le hace vomitar de puro abatimiento.  

Observa taquicárdico su obra biológica de tropezones irregulares, su orificio bucal seco y herido consigue expresar en cada bocanada más de lo que ha exteriorizado en todos estos nueve largos días, un ectoplasma cálido y agrio que surge de la boca del estómago y va a parar al exterior en forma de su propia vida, un pequeño obsequio que representa más que el oro o la riqueza puesto que nadie puede recuperar nunca las moléculas perdidas, ninguna mina de corpúsculos intestinales a la vista, ni una silla de ruedas disponible, ningún truco de magia para revivir las neuronas asesinadas por los alcaloides del Erythroxylum y otros inhibidores del sistema nervioso.

Varios flashbacks disparan en su débil memoria; algunas peleas, un cuerpo de mujer tendido sobre charcos amarillos, contenedores de basura volcados en mitad de la carretera, camareros de tugurios enfervorizados debido a una actitud chulesca, mucho tabaco, algunas amistades vacías, algunas no-amistades aún mas vacías, sofás en casas de desconocidos, turulos para esnifar impregnados de hepatitis, tabiques impacientes que aspiran, tabiques que sospechan la enfermedad ajena, chicas que no son Ella, chicos que no son Ella, espejos que muestran el agotamiento de un millón de soles que madrugan religiosamente cada mañana, la espera de un millón de soles que siempre estuvieron allí permaneciendo ocultos, cansancio de existir y más vómito.

Zeus avanza semidescalzo camino a casa manchando de cortes y suciedad su pie desnudo, ni se ha dado cuenta de que un trozo de cristal ha hendido la superficie de su dedo pulgar y deja tras de sí las huellas rojo oscuro que lo incriminan. Le gustaría poder sentir, no a sí mismo, si no al cuerpo cuidadoso y maternal de su mujer, es lo único que desea desde que tiene uso de razón hará 44 años, cuando ni siquiera aun había nacido.

Dos células que vagabundean ponzoñosas en su hiperventilado organismo se encuentran de casualidad forzada y una de ellas grita; “Masramdu srakah lai soybei”, mientras que la otra contesta; “Sinibe aldah kranua seldeh”, etc etc…

la lucha verbal no cesará hasta varios días después cuando ambas células queden totalmente debilitadas y acaben por quitarse la vida voluntariamente para no molestarse más.

Zeus ha perdido la fe (si es que alguna vez ha tenido tal cosa), el caso es que ahora resulta mas que evidente la falta de interés por nada que no se atienda a sus necesidades como “cubo huésped”.

Un cubo huésped es una cáscara vacía (por ejemplo la de una nuez) en cuyo interior sub existe un ser básico y con tan solo dos necesidades elementales; reclamar comida y alimentarse posteriormente. Dicho ésto ninguna de las carencias del cascarón exterior poseen utilidad o sentido vital, este “ser” parasitario interno absorbe la identidad física y espiritual del huésped tan paulatinamente que la nuez puede acabar pareciendo una uva pasa, una raspa de pescado o un charco maleable de lluvia ácida en cuestión de un par de años. Zeus ya no es Zeus. Zeus solo es una palabra de cuatro sílabas, Zeus es solo el nombre con el cual los camellos de toda Ciudad Cloaca llaman al parásito para que sepa que siempre estarán dispuestos a alimentarle y a nutrirse de él y sus carencias como adjunto colonizador de cuerpos.

Mucho antes de que el vampiro parasitario completase su transformación Zeus tenía una vida plena; casado, con trabajo estable, un coche, una casa (de alquiler), un cielo sin nubes, un astro rey que calentaba las noches desde su escondite, un amor, amigos fieles , bugambilias y sterlicias que florecían en primavera y algunos ahorros en su cuenta corriente. Bien es cierto que carecía (y carece) de carácter, asertividad y confianza en si mismo, tres grandes virtudes bastante cotizadas en la sociedad jerarquizada y competitiva de Ciudad Cloaca…a decir verdad nunca mereció nada de lo que tuvo y era consciente de ello…de modo que el parásito actuó de manera sabia (como organismo vivo e inteligente que es) y le arrebató de una estocada todas y cada una de sus posesiones materiales y espirituales, sus amigos, su mujer, su casa, sus macetas y su cielo cálido y acogedor.

El doctor Henry Mall, licenciado en biología, neurociencia, matemáticas y ganador de seis premios Darwin-Wallace (entre otros galardones) calificó al parásito como uno de los organismos mas perfectos creados por el ser humano, ya que permanece adormecido en la corteza cerebral orbifrontal a la espera de una primera dosis que le haga despertar de su sueño para no volver a dormitar nunca. “Es el medio de control mental que revolucionará el mundo” confesó el doctor Henry Mall, “Todos y cada uno de nosotros poseemos el parásito dentro de nuestra mente, un ser inquisitivo e insaciable que mediante continuadas exposiciones a las sustancias químicas correctas podría esclavizarnos desde el interior de nuestra propia mente haciendo imposible ignorar sus necesidades voraces y destructivas”.

De modo que ahí está Zeus, caminando como una carcasa inerte, la camiseta rasgada por el cuello y cubierta de suciedad, la roña de nueve días adherida a su piel de charol agrietada, sangrando por su pie derecho y guiado por unos hilos invisibles que ansían un gramo más de sustancia amarga, salada o ácida que le haga sobrevivir otro día.

Por un segundo recuerda a su ex mujer Eloísa, se lleva la mano al bolsillo y acaricia un pene casi desprendido de su cuerpo cubierto de postulas y hoyos de agujas, “Te quiero Patricia” susurra confuso, pero de inmediato cesa sus tocamientos cuando nota cómo sangran las heridas abiertas que escupen líquidos y manchan el pantalón vaquero dibujándole una mancha mas para la colección. Camina hasta los barrios bajos, busca su dosis aunque apenas puede mantenerse en pie tambaleándose como un herido por el impacto de un rayo o una violación en masa, las avenidas amplias parecen apartarse de él en un momento para al segundo siguiente aplastarle con sus demoledores edificios de ladrillo y cemento.

La quietud del ambiente nocturno le delata, queda poco para que salga el Sol y un coche patrulla pasa por su lado haciendo la primera ronda del día, aminoran la velocidad y se colocan en la carretera pegados lo mas posible a la acera gris por la que avanza Zeus (o mejor dicho el parásito) y el poli que conduce baja la ventanilla sonriendo.

– Eh, Zeus, ¿a dónde vas hijo de perra?

– Larbrafa la casa prablablema – balbucea indescifrable.

Los polis ríen con la arrogancia que caracteriza a los cuerpos de seguridad de Ciudad Cloaca.

El conductor es conocido en toda la ciudad con el sobrenombre de El Putas, un ludópata tirador de dados y conocido violador serial por todos los habitantes de la Ciudad.

El Putas, El Folla Culos, El Martillo (dicen que golpeó hasta la muerte con un martillo de chapista a una joven venezolana porque se negó a practicarle una felación), El Come Niñas, El Puto Amo, y un sinfín de motes de los que alardea con la superioridad y el desprecio que su puesto le proporcionan. Si eres mujer (especialmente sudamericana) y te cruzas con él en una de sus rondas despídete de tu dignidad y tus bragas, nunca acepta un no por respuesta.

– Zeus, no habrás pasado la noche tirado dentro de algún cajero, ¿no?, sabes que está penado con el garrote vil – vacila El Putas sin apagar su sonrisa afilada.

El parásito continua con su paso constante necesitado de química ilegal hincando su vista en la piedra inerte del suelo sin hacer relativo caso a las palabras del agente, al cual se le transforma la sonrisa humana en algo parecido a la dentadura inexpresiva y glacial de un tiburón, sus ojos completamente negros reflejan las luces pardas de las farolas y su pelo de alabastro engominado hacia atrás le hace parecer como recién salido del agua. Conduce con una sola mano agarrada al volante mientras se lleva robóticamente un cigarro Winston de contrabando a las fauces, su compañero le copia el gesto y los dos fuman expulsando por sus respectivas ventanillas un humo denso anaranjado que va quedando suspendido en el aire a medida que avanza lentamente el Citroen Xara, los naranjos situados en los alcorques de la acera van perdiendo sus hojas cuando la humareda los alcanza con su gas cianhídrico.

– Estás dejando todo perdido de sangre – analiza El Putas con gesto indescriptible de desprecio.

– El muy hijoputa va tan pasado que ni se ha dado cuenta – comenta su compañero.

– ¿Vas a por tu primera dosis de la mañana, cerdo?

Zeus prosigue su camino inmutable como un zombi descerebrado, demasiado roto para contestar, demasiado roto para escuchar, demasiado roto.

– Míralo Putas, está pasando de ti.

El Putas le lanza a Zeus el cigarrillo encendido alcanzándole en el cuello y provocando un chispazo de fuegos artificiales en su piel insensible, ni se inmuta, haciendo perder la paciencia del gran tiburón blanco.

– Contesta cuando te hablo, mierda.

– No te hace ni caso, se ríe de ti el muy cabrón

– Eso parece…

El agente frena su vehículo y se precipita por la puerta cortándole el paso al yonki que se detiene torpemente con sus piernas temblorosas de carcasa semiviva, el otro policía permanece expectante sentado en el asiento del copiloto mientras da largas caladas a su Ducados de nicotina espesa. Zeus levanta una mirada extraviada y desubicada y la coloca sobre los globos oculares infinitos como el abismo oceánico de El Putas.

– ¿Qué coño miras?

Zeus no dice nada, ya se ha topado con él en otras ocasiones y sabe que es mejor no abrir la boca aunque por otro lado ignorarle tampoco es mucho mejor que permanecer en silencio, haga lo que haga está jodido aunque lo único que le importa en este momento más que su integridad física es conseguir pillar unas micras de diacetilmorfina, benzoilmetilecgonina o veneno para Picudos, no existe nada tan doloroso como el hambre atroz del ser que habita en su cuerpo.

– Llevo viéndote deambular por mi ciudad cuatro años y creo que ya he tenido bastante, la escoria como tú me toca las pelotas enormemente… ¿Recuerdas a tu mujer, Eloísa?, menudo polvo que tiene…me corrí en sus tetas después de darle por el culo. – ambos agentes se tronchan de risa.- Hizo bien dejándote, aquella zorra era demasiado para ti, ¿no te parece?.

La voz de El Putas atenaza el débil y alzhéimico corazón de Zeus revolviendo su interior como una cuchara que bate un huevo de gallina líquido.

– Le haría un favor a la humanidad y a ti mismo si te matase ahora.

– ¡Dispárale Putas! – vocifera su compañero en el eco de la solitaria calle.

El tiburón desenfunda su 9 milímetros y encañona la sien del parásito abriéndole una herida en la piel debido al bamboleo que ejerce su cuerpo narcotizado y aturdido al contacto con el tubo metálico del revolver en la mano firme del policía.

– ¿Tienes algo que decir al respecto?.

La mudez de Zeus paraliza el tiempo.

– Me lo imaginaba.

El agente aprieta con fuerza su mano libre y da un puñetazo demoledor en la mandíbula de su víctima haciéndole caer como un saco flácido de pellejos sobre la dura acera. En cuestión de segundos su cara se abre por el golpe como un pistacho sanguinolento, expulsando largos chorros de fluidos rojos que acaban por cubrir su rostro desfigurado y queda tendido boca arriba como una cucaracha a la que se la acaba de pulverizar con insecticida. Apenas se mueve pero El Putas no para de zurrarle puntapiés en las costillas hasta que se astillan al grito de “¡Quieto, policía, no ofrezca resistencia!” mientras carcajea y es animado por su colega. El ruido sordo de las botas con punta de acero rompiendo huesos y desgarrando la carne resuenan por toda la avenida con sonoros y devastadores chasquidos óseos.

Finalmente el agente le apunta con el arma disparando tres balas que atraviesan el pecho hundido de Zeus, (está cansado de propinar patadas al viejo y quiere acabar el trabajo cuanto antes), se monta de nuevo en el coche y se marchan a seguir con la ronda. “No hay mejor forma de empezar bien el día que haciendo un poco de ejercicio” piensa El Putas en voz alta.

El coche se pierde en la lejanía como el alma del drogadicto solía perderse en cucharas o jeringuillas de segunda mano, ni él ni su comensal cerebral volverán a probar el sabor de la química ni del vómito, nadie llorará por mucho tiempo su pérdida, de echo se alegrarán de que por fin haya dejado su mundo terrenal de autodestrucción que tanto sufrimiento ha dejado tras de sí. Su ex mujer podrá follar sin resentimientos, su madre podrá ver la televisión sin pensar en qué líos se estará metiendo el desgraciado de su hijo a todas horas, los amigos que alguna vez tuvo juzgarán su asquerosa vida con la desgana habitual con la que lo hacían…Zeus murió hace muchos años, quizás no de forma física, pero si de manera personal y espiritual en cuanto el parásito de la droga despertó dentro de su cráneo.

La función ha terminado, el público de Ciudad Cloaca aplaude entusiasmado incluso se levanta de sus butacas llorando a moco tendido emocionados por la belleza de la obra gritando “bravo” y otros piropos mientras el telón de terciopelo escarlata cae desplomado en la tarima de IPE.

El Sol alumbra tímido, algunos coches y autobuses comienzan a contaminar las tempranas horas del reloj de arena urbano que huele a obreros tomando café y carajillos y a quioscos y periódicos recién impresos y frenéticos y malolientes pedos desatascadores. Me cruzo con algunas mujeres vestidas de limpiadoras y con ancianos madrugadores que me observan con miradas recriminatorias, camino por la avenida de naranjos muertos y allí me lo encuentro, tirado en mitad de la acera y rodeado de alimañas de todo tipo que ya han empezado a aprovecharse de su cadáver aún tierno y fresco. Aparto una de las ratas-escarabajo con la suela de la zapatilla y me coloco de cuclillas junto a los restos de Zeus analizando cada centímetro de su cuerpo (y de sus bolsillos, no lleva nada en ellos) y retorciéndome de dolor ante tan horripilante escena.

De pronto algo se mueve dentro de él. 

Debajo de su nariz fracturada se intuye vida palpitando e intentando gesticular, no puede ser verdad, ningún ser humano podría sobrevivir a tres heridas de bala y a unas contusiones como éstas, la palpitación desciende lentamente por su tabique nasal.

¡Ayuda, este hombre sigue vivo!” grito estupefacto una y otra vez, pero la ayuda no llega, ”¡Llamen a una ambulancia han herido a un hombre!”

Mis gritos cesan de inmediato.

¿Qué coño es eso?

Un pequeño tentáculo asoma por el orificio izquierdo de su hocico partido, serpenteando y abriéndose paso entre las mucosas y la sangre espesa que empapa el rostro del muerto girando y girando en espiral y brotando del agujero como una semilla que germina y busca la luz. El espectáculo es horrible. Un apéndice de cefalópodo grisáceo unido a una masa viscosa con muchas hojas carnosas en forma circular que laten frenéticamente como el corazón de un conejo. Se escurre y va a parar al suelo rojizo, meneándose de acá para allá de manera torpe e inútil. Me da putas arcadas observarlo…

Entonces recuerdo de manera casual aquella clase en el instituto sobre drogas y los estudios de aquél doctor, el doctor Henry Mall y su organismo parasitario…

Nunca jamás había visto uno de estos bichos en vivo y en directo, solamente en fotos y algunos vídeos en los que se les biopsiaba y cortaban en cachitos para su posterior estudio y entendimiento… Parecen tan poderosos dentro de la mente humana…y fuera de ella no valen absolutamente nada…como un bebé humano en mitad del mortífero amazonas (pienso con irritación y asco hacia el monstruo).

No lo dudo ni por una milésima de segundo.

Levanto el pie y aplasto al parásito.

Levanto y aplasto.

Levanto y aplasto.

Machaco la plasta pringosa hasta que no queda nada de ella, solo ponzoña negra.

Lo he convertido en la misma plasta inservible en la que él convirtió a su desafortunado huésped.

Escritos nocturnos.

Algunos focos están fundidos, pero los borrachos ríen y conversan en el idioma de la oscuridad, nadie les conocen aunque sean héroes modernos aparentando ser perdedores, abrigados por litros y litros de cerveza que se disuelven en el organismo viejo y quebrado de la madurez, sólo viejos decrépitos a los que la vida les ha tratado con las cartas que merecían, ningún joker en la mano, ninguna ayuda solidaria para sacarles del fondo de la botella, solo el vacío lúdico y turbio del abismo, una caída mil veces mas interesante que cualquier estúpido vídeo viral de youtube en el que la esencia humana se resume en eso; estupidez. Son borrachos auténticos, alcohólicos anónimos con una historia, un pasado dolorido y un futuro agonizante, trágico y divertido como un globo que explota en las manos de un niño, euforia y después llanto.

Bebo y me vuelvo anciano entre la sabiduría del barrio, creciendo inconmensurable ante un universo al que no le importo (más bien una sociedad). Me siento cómodo y escribo en lugar de leer, y escucho en lugar de hablar, y bebo en lugar de amar, porque mi amor está lejos y cualquier resquicio de felicidad y energía sobria le pertenece a ella, la echo de menos y bebo, para no pensar, para no vivir, para soñar, porque mi sueño es ella y ella está lejos, “cuida tu de mi alma, que yo cuido de las almas perdidas de este bar” me digo mientras termino mi botellín a la par que mi amigo borracho sentado a mi izquierda.

Pido otra cerveza y bebemos en silencio, acunados por la música y esperando que esos focos rotos se enciendan para dejarnos ver la realidad en todo su esplendor, nunca ocurrirá y no importa mientras la cerveza drene. Cualquier pensamiento de bar es mágico e insignificante a su vez, retrasando la hora de volver a casa, retrasando las sábanas vacías, retrasando el vacío, amando a mi mujer y buscándola en el fondo de una botella en la cual no aparece…la adoro tanto que desearía morir por ella y demostrarle así mi amor, oculto en la noche tras su perfecta y angelical luz, salvando mis sueños, llenando mi botella, ocupando mi pensamiento de recuerdos imborrables a pesar de los abusos de estas copas, frías y estériles a diferencia de ella, cálida como el fulgor que me hace arder, enamorado.

Lo siento amor mío por sentirme en ti, porque es duro, porque te suplico y amo en cada respiro del día, sin tus labios y sin tu cuerpo que son mi templo y mi calma en este largo y solitario viaje.

 

S.B. 

Homo Sedentare. Por S.B

calaverasofá4Los platos y las cacerolas se amontonan en la cocina generando vida a través de los desperdicios, la casa entera es un festín de moscas. Las bolsas de basura parecen coleccionables de Planeta Deagostini y las macetas se han secado por la falta de agua y la fiereza del Sol, muriendo a mi lado lentamente ante mi pasividad, como todo en esta vida. Los problemas se acumulan mientras pierdo mi capacidad de supervivencia dejándome devorar por la mierda e incapaz de encontrarle un sentido “útil” a los cientos de asuntos que me quedan por zanjar.
Un culo huesudo pegado al sofá, en eso me estoy convirtiendo, un apéndice inerte de esta mullida y reblandecedora fábrica de bostezos. Mi piel es ahora tapicería gris parda y la columna vertebral la tengo anclada a ambos reposabrazos, de tal manera que me permite tumbarme hacia un lado u otro dependiendo de mis necesidades como apéndice tumoroso.
Por supuesto nada de esto sería posible sin el poder hipnótico del televisor, años y años frente a la caja de control mental sumado al chipTV implantado en mi subconsciente antes de nacer ha conseguido de manera gradual y efectiva nuestra conexión plasma-sofáhumano, una relación de por vida en la que solo uno de los dos emisores habla y el otro escucha en un estado narcótico de fase REM.
Manejo y cambio a mi antojo canales y aplicaciones telepáticamente y la parrilla de televisión pública está retransmitiendo anuncios de publicidad en el 80% de sus cadenas, de modo que es el momento perfecto para que los peces gordos de la élite mediática y empresarial hagan unos cuantos millones más con cada segundo de emisión. Mi lista de canales baila verticalmente y voy repartiendo puntos de audiencia, que drenan desde las raíces inamovibles de mis cuatro patas de madera pulida hasta sus inabarcables cuentas bancarias, los fajos caen unos sobre otros mientras un intimidante símbolo del euro aparece subliminalmente en mi tótem Sony KDL-46W905, decenas de láminas de papel color fucsia viajan a toda velocidad por todo el planeta visitando ciudades y páramos en los que nunca estaré, aunque no importa realmente, pudiendo ver retransmitidos hermosos paisajes y ocasos en paradisíacas playas tropicales gracias al gran ojo.
La vida del sillón humano es cómoda, me siento feliz, realizado como ser y agotado al mismo tiempo…
siempre puedo dormir un rato para desconectar…nos vemos a la vuelta de la publi.

el ave de espinas.

¿Cuándo caerá aquí la bomba?
precintados a nuestro confortable sofá
espectadores del final de los días.
La sangre,
las banderas,
el pájaro enredado en alambres.
Pensamos que la muerte no nos alcanzará
cuando en cuestión de segundos podríamos traspasar la frontera.

No hay tiempo para llorar a los muertos porque ya nadie llora por los vivos,
no existen lágrimas que sofoquen la locura,
arrasando a través del camino.

La caída.

No se trata de un sueño, ni de una alucinación, los sueños y las pesadillas no duelen, y me siento precipitar al vacío mientras los tendederos húmedos laceran mi cuerpo ingrávido. Intento abrir los ojos pero ya están abiertos de par en par, mareándose y perdiéndose en la negrura del precipicio. No se trata de un sueño, las caídas de los sueños resultan infinitas, al igual que los pensamientos y sensaciones que trascurren en ellos.
fin del trayecto.